Una novela de billar
Coqueteos con el egotismo: Barcelona Literaria comparte un fragmento de ‘Los idólatras’, la novela que el responsable de este rincón presentará el domingo en la Feria Internacional del Libro de Bogotá
Entonces llegó Sofía. Las entradas de Sofía siempre eran eso, entradas. Mejor dicho: nosotros llegábamos (prosaicamente) y ella entraba (poéticamente). O será que ya estaba subsumido, jodido, entregado a la causa. Seguramente sí. Mencioné que hay muchas cosas que no puedo olvidar de esta historia: una de ellas es Sofía. Olvidar a Sofía, ay. Eso es imposible. Saludó a Gonzalo con un beso en la boca, a Rodrigo le dio una palmada en la mejilla y a mí me dijo «hola, bonito», al tiempo que me acariciaba la cara. Yo murmuré dócilmente porque estaba subsumido. Ay, Sofía, volví a decirme a mí mismo. Al ver que estábamos sentados hablando en lugar de parados jugando, preguntó qué pasaba. Por tercera vez en la noche, Rodrigo anunció:
—Viene Gruchoski.
Pero esta vez no cosechó el entusiasmo, o asombro estupefacto, o lo que fuera que habíamos escenificado Gonzalo y yo; con Sofía, la gruchoski más racional del grupo, eso no pasaba. Habíamos discutido en largas veladas que terminaban al amanecer si se podía ser gruchoski de manera racional, o si ser gruchoski no equivalía por definición a serlo irracionalmente —o si no ¿de qué estamos hablando?, decía Rodri—. Ser un gruchoski («o una gruchoski», añadía Rodri con deferencia) era perder la cabeza por Gruchoski, así de simple. Detrás de él venía Gonzalo dándole la razón y detrás yo, de manera que la charla sobre la racionalidad o irracionalidad del gruchoskismo acababa convertida en ataque por todos los flancos contra Sofía, y en cierto modo, en una cuestión de género. En realidad, no sé cuánto había de rebelión gruchoskiana contra la idea de un gruchoskismo racional y cuánto de resquemor viril ante la evidencia de que el monopolio de la racionalidad estaba en manos de la única mujer del grupo. Algo y algo, me imagino. Durante esas veladas, que empezaban en un billar y terminaban en la casa de ella, la de Rodri o la mía (Gonzalo aún vivía con sus papás), volvíamos a ver sin falta el Compilado de Grandes Éxitos de Gruchoski, del que cada uno atesoraba un ejemplar. Siempre era igual: al principio sus Jugadas C, luego sus Jugadas B y finalmente sus Jugadas A. Los irracionales nos llevábamos las manos a la cabeza, proferíamos gritos de júbilo o nos revolcábamos en la alfombra, o las tres cosas a la vez, mientras Sofía nos miraba, sentada en el sofá y fumando, y se reía, mitad porque le parecíamos chistosos y mitad porque, según ella, éramos como niños.
(Foto: Matheus Guimaraes vía Pexels).
—¿Te crees superior a nosotros? —le dijo Gonzalo un día.
—No seas ridículo —dijo ella.
—Te falta gruchoskismo —le dije yo.
—¿Quién lo dice, tú?
—¿Y te quedas así, sin más? —dijo Rodri—. ¿No viste lo que acaba de hacer?
Entonces Sofía hacía una descripción detallada de la jugada: tacó la blanca con efecto contrario y ligeramente por debajo buscando el retroceso, y además, golpeando de lado la roja, para enviarla a hacer un giro contra la esquina. Gracias al efecto, la bola salió disparada hacia la izquierda, golpeó la banda, esquivó la roja por centímetros y acabó rozando la amarilla, y concluía: sé perfectamente lo que hizo, conmigo no seas condescendiente, Rodri querido.
—Condescendiente tú —decía yo—, con esa actitud.
—¿Porque no me tiro al suelo a revolcarme como un cerdito? Hemos tenido esta conversación mil veces.
Y así era, la habíamos tenido mil veces. El caso es que a la mención de Gruchoski y de su visita, o posible visita (potencial visita: lo único que sabíamos es que la fuente principal era el dudoso Ulises), Sofía reaccionó arqueando las cejas y diciendo:
—¿Gruchoski? ¿Aquí?
—Medellín —precisó Rodri.
—¿Cuándo?
—En julio.
—¿Y cómo sabes?
—Me lo dijo Ulises.
Sofía miró a Gonzalo, tranquilamente fue a sentarse en sus piernas y le preguntó:
—¿Tú qué crees?
—No sé —respondió Gonzalo.
—¿Y tú, bonito?
—¿Por qué no dejas que cuente los detalles? —dije.
—No entiendo tanto escepticismo —dijo Rodri.
Pero contó los detalles. Para empezar, nos recordó que Ulises era un turista del billar que viajaba por el país conociendo locales que pudiera comparar con el suyo, trabando relación con dueños de billares como él y jugando de vez en cuando. Sobre el nivel de su juego también había divergencias. Estaba la facción de los que decían que no jugaba mal (Sofía y Gonzalo) y la facción de los que decíamos que jugaba pésimo para ser el dueño de un billar (Rodri y yo). En el fondo, tendría importancia si Ulises reivindicara la calidad de su juego, pero no lo hacía; más que jugarlo, le gustaba apreciarlo. Como sea, conocía muchos billares y a sus dueños. Según le había contado a Rodri, uno de ellos, el propietario del Siete Bandas, un local de Medellín, le había pasado la información sobre Gruchoski. «¿El Siete Bandas?», preguntó Sofía. Nos auscultamos mutuamente, por si alguien tenía referencias, pero nadie dijo nada. Y eso que conocíamos billares. Pensé que debía ser, como casi todos los sitios de los que Ulises era asiduo —le gustaban los billares en general y los tugurios en particular—, un antro. Era su proclama: decía que el billar era el deporte de los bajos fondos y no podía ser practicado sino en locales con una estética de los bajos fondos. El dueño del Siete Bandas se llamaba Armando algo, dijo Rodri, y según le había contado a Ulises, y Ulises a él, Gruchoski iba a ir a Medellín —las siguientes palabras las paladeó— con motivo del Encuentro Latinoamericano de Billar.
—«Con motivo» —subrayó Rodri—. No «a» —y celebró lo que consideraba un triunfo echándose un aguardiente a la garganta. Sabía que su información acababa de ganar credibilidad.
—Va a hacer un gruchoski… —murmuró Gonzalo.
Gruchoski hacía gruchoskis. De hecho, era el único legitimado para hacerlos. Según nuestros códigos, hacer un gruchoski abarcaba una amplia gama de acciones propias de nuestro héroe, amplísima (básicamente, todo lo que hacía Gruchoski era susceptible de ser un gruchoski), y en este caso concreto designaba su costumbre de orbitar —no se me ocurre mejor verbo— en torno a los grandes eventos de billar a los que solían invitarlo y en los que se negaba a participar. A pesar de su fama y de la rebelión que había perpetrado en el pasado, y de que siempre había voces que se levantaban contra la posibilidad de invitarlo a cualquier cosa —lo que fuera—, lo seguían invitando, en parte precisamente por su fama de marginal, pero, sobre todo, porque nadie que supiera de billar podía negar que era un genio. Repito: un genio. Nadie, y menos que nadie un gruchoski, podía desconocerlo.
Es hora de hablar de nuestro héroe.



